He advertido con mucho beneplácito que uno de los principales cronistas de este alucinante blog es mi amigo y eterno compañero de correrías Adrián Amerio. Quienes lo conocemos bien (Memo, Esaín pueden dar fe de lo que digo) lo apodamos el monje negro pues alrededor de él se tejen las más extrañas historias que se hayan oído. Algunas pequeñas anécdotas relatadas por gente cercana y confiable lo confirman. Hay quienes lo vieron sentado solo en una plaza haciendo solfeo o los que escucharon en alguna oportunidad la famosa frase “Ladrillo nuevo nunca quema” (estuvimos cinco años para decodificarla y aún hoy no la entendemos). En fin, nuestro amigo es entrañable porque está loco.
De todas esas perlas, recuerdo una especialmente. Todos sabrán de la famosa película de terror El exorcista de William Friedkin, aquella en la cual la niña Linda Blair se la pasa vomitando verde. Como también recordarán, estuvo prohibida y se emitió, a pesar de las amenazas clericales, una noche de martes o miércoles por canal diez. Pues bien, nos juntamos unos cuantos en la casa de Bettina Rodríguez a disfrutar de este grandioso filme. Creo que estábamos en segundo año. Más allá de que nos queríamos llevar el mundo por delante, no reparamos en dos cosas muy importantes: que la película nos provocaría un cagazo de la puta madre y que además estaba Amerio. Personalmente, creo que los acontecimientos acaecidos luego de esa reunión se relacionan con el aura negra que envuelve a mi amigo. Lo cierto es que cuando terminó la peli, todos sonrieron cancheros cuando en realidad nadie se animaba esa noche a irse solo a su casa. Yo no tuve mejor idea que ir a la morada del monje. Tomamos un taxi y allí las cosas se pusieron extrañas. Cuando llegamos a destino, le pagamos al chofer. El tipo apenas se dio vuelta. Recuerdo particularmente su enorme y arrugada nariz, pero lo que nos petrificó fue su temblorosa mano con un billete que apenas pude agarrar. Nunca olvidé esa mano. ¿Fue sugestión o la presencia de mi enigmático amigo?
Ojalá todo hubiera concluido allí. Pero faltaban aún un par de sucesos tenebrosos.
Entrar a la morada del monje era una aventura. Se trataba de un PH cuyo pasillo contenía una enorme y ancha entrada. Si ingresabas de día, podías escuchar al loco Enrique, un eximio cantante de tangos y vecino, que mientras hacía sus necesidades, (des)entonaba terribles canciones. Por la noche, la cosa mutaba, ya que el silencio y la oscuridad anticipaban la atmósfera de terror que inspiraba el departamento del monje. Cuando entrabas, si tenías suerte, te encontrabas con sus padres y por aquel entonces único hermano, gente muy agradable y servicial. Sino, estabas perdido.
Nunca olvidaré esa noche, la noche de El exorcista. No pegué un ojo y además no me dejaron. El monje tenía otro ser diabólico: un gato. Un gato con la locura del dueño. Un gato molesto que, entre otras cosas, atacaba por detrás u orinaba donde quería (en cierta oportunidad, el monje fue a pileta y cuando abrió el bolso, estaba el nefasto animal). Esa noche, el desgraciado arañó las puertas de la habitación. Cada ruido era un trueno para mi mente sugestionada y no contento con eso se metió a la cama. De un grito tiré todo lo que tenía y nunca olvidaré que, al inclinarme, vi el rostro del monje Amerio con sus ojos encendidos.
¿Sugestión? ¿Maldición? Créanlo o no. Por lo pronto, disfruten de estas locas anécdotas de nuestro querido amigo. Pero están advertidos. No crean todo lo que dice.
Guillermo Colantonio

Colantonio: he salido de las tinieblas gracias al Sai Baba, pero pronto conocerás el terrorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr
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