sábado, 19 de julio de 2008

ESPÍRITU FILOSÓFICO

Del Illia

María Mónica me pidió que hablara, a la distancia, del Illia, de lo que el colegio dejó en mí, o que opine del “espíritu Illia”. O que cuente lo que quiera, supongo. Por un lado, al espíritu Illia, yo ni lo sentí; en el fondo y mientras nosotros lo tuvimos, los únicos forjadores de un tal espíritu, me parece, eran los del Club de Padres (es natural: no éramos conscientes de que estábamos haciendo historia). Por otro lado, tuvimos mucha suerte de haber sido adolescentes avanzados los años ’80, y además ser de la segunda promoción del colegio y de que ese proyecto (“experimento” como dice Vañecek) sea el Illia. Éramos algo apareciendo, después la década se frustró; también probablemente el colegio o pasó a ser otra cosa cuando nosotros nos fuimos, no porque nos hayamos ido, sino porque también se fue con nosotros ese año el que fue su primer director, Néstor Lofrano, que también capaz ya sea otro, como nosotros, todos distintos. Nuestro lazo que celebramos, por anticipado, ya de veinte años concluido, creo que es anterior a la forma de modelar, objeto del por entonces futuro reconocimiento que la institución adquiriría ante la comunidad, etc. Personalmente, estoy tentado a decir que el Illia no me dejó nada, que no aprendí nada; la verdad que no estudiaba nunca o casi nunca, con gran desatención y para olvidármelo en el acto, movido por la imperiosa (única y poderosa) “necesidad” de romper las bolas. No hizo sobre mí nada, pero eso no quiere decir que yo no le haya sacado tanto y, por su lado, sin que el Illia algo nos quitara: ésa, en mi vida, ha sido su singular influencia.

Lo único que podría decirles es que fui feliz en el Illia: fue un idilio, todo enamoramiento, una experiencia ideal. Voy a tratar de explicarme, porque para mí tiene cierta importancia, ya que hasta ahora es la única etapa feliz que me tocó en suerte y no es tan poco que ese estado inestable de felicidad haya pasado a través mío, para mí, sobre mí, en mí, conmigo... Es una experiencia que mantengo en una posición privilegiada, sin ser capaz de disimular cierta extrañeza por el alto valor que le confiero. Permítanme (o discúlpenme) que les hable, entonces, de mi experiencia de felicidad durante el colegio secundario, y de lo que le da valor.

Yo no tuve una primaria copada, sobre todo en los últimos años – es decir, más o menos hacia los diez – cuando empecé a aparecerme a mí y rechazaba atormentadamente el lugar que ocupaba, que tenía, que me asignaban, renegaba de todo lo que me hacía ser. Menos todavía pude disfrutar de la universidad: cuando salimos del Illia (¡vaya orientación!) fui a meterme a derecho, acá no más. Para mí, derecho fue una segunda secundaria, pero como me la merecía: sufriendo. Es un pensamiento muy estúpido, pero no lo subestimen, por su fuerza: es uno de los más insistentes motivos por los que permanecí en derecho y seguí hasta terminar (de hecho, tengo por ahí un diploma que me habilitaría para ser abogado, aunque no lo soy). Insistente y antiguo motivo, su ‘nacimiento’ coincide con el primer día de clases en la facultad: Entre a un aula donde había “cientos” de personas desconocidas y dije para mí: “¡ajá! ¿De esto se trata?: say no more!” bueno, no me lo expresé en esas palabras, sino más bien parecidas a aquellas: “¿ahora un secundario para sufrir?: ¡sea!”.

Sólo percibí cierta continuidad. No querría que interpreten que fui una desdicha de niño o de joven puro resentimiento. Quiero dar a entender algo como que mi plan de alegría es perseguir, no la felicidad, sino los vericuetos donde el cuerpo sufre una sujeción que le viene impuesta. No es que yo sea un infeliz, pero (ahora lo considero así) algo desde mí resiste contra la individuación que “nos dejan” las instituciones; no es que quiera vencerlas o denunciarlas, sólo me interesa “sufrirlas”. Hay una zona de padecer que no pretendo soslayar, sino al contrario volver insoportable, porque cuando no se soporta, no se soporta más. Y no se me apareció ese suplemento por el Illia. Bueno, es un plan[1], la cuestión es que REPETÍ el secundario (y lo hice al revés del sentido histórico – o al derecho ¿quién cree saberlo?: primero como comedia y luego como tragedia) (no les pido que me imiten o me entiendan, solamente que no me confundan). Y cuando terminé ese otro secundario-como-la-gente, o antes en realidad, entré a la universidad para estudiar filosofía y a eso me dedico: estudio, filósofos. No es algo que me dejó el Illia, sino que apareció en mí mucho más tarde y del modo más azaroso entre los sentimientos más desencontrados, una curiosa vocación de estudiar, rara planta de la que nadie podía anunciar nada por aquellos años. Pero lo interesante (o no más lo pertinente) es que con aquella operación, lo repetido, o sea el Illia, privado de su “productividad”, sin aprovechamiento, y sólo por eso, es elevado a “ideal” (bueno, la elevo yo; es un trabajo que hice sobre mí y con mis energías y con mi tiempo. Me conquiste el derecho a idealizarla, no importa porqué lo hice: en realidad, me encontré repitiendo sin haberlo buscado y no hay ninguna razón por la que elija “sufrir” y qué disfrutar). Ilustra también en qué medida la experiencia del Illia, resulta para mí, extraordinaria. Allí está, como “modelo” ineficaz e inmanente.

Querría contarles, para terminar, algunas cosas de mi experiencia feliz. Ante todo, agradecerles a ustedes, que la hicieron posible. Ya les dije que más o menos por 5º grado yo me sabía distinto del lugar que sin embargo me caía como identidad. Entre ustedes, en cambio, me pude inventar a gusto: diría que es el despliegue de ese poder en lo que consiste la felicidad, y que la angustia es su impedimento. Y al respecto no hay nada más que decir. Les agradezco sinceramente, a ustedes, a los que eran parte del establecimiento: directivos, administrativos, docentes, a los que eran un año más grande y a los que tenían uno o dos años menos, que fue con los que traté, experimenté y crecí. Siempre que veo alguien del Illia por ahí, si lo reconozco, no lo dejo pasar sin saludarlo, preguntarle cómo le va, intercambiar algo de la vida, más no sea una mirada, un reconocimiento, una palabra, una sonrisa.

No creo, por otro lado, que seamos todos auténticos, espirituales y respetuosos. Creo que como en cualquier grupo humano, entre nosotros habría de todo; sin ir más lejos, esta felicidad mía incrementaba convertida en obstáculo e impedimento para otros (lo reconozco, y menciono para el que piensa muy plano: “pobrecito, ha renunciado a ser feliz”, para que se cuide de recomendarme que busque en esa dirección... y también por no mencionar a otro/s). No es que seamos más inteligentes, talentosos, divertidos, amables, importantes. Honrados ciudadanos y excelentes padres. Al colegio no lo viví como preparación de elite, aunque no dejo de considerar que tuvimos un privilegio. Mencioné la vez pasada mi preferencia por los “encuentros”. He aquí un ejemplo de “buen encuentro”: mi paso por el Illia como el objeto de un buen encuentro, mi felicidad como efecto de un buen encuentro.

Lo que por mi parte, he tomado del colegio es lo de todos a esa edad: entrañables amigos, amores inolvidables, recuerdos imborrables, no hay nada nuevo en eso que es diversión y gozo. Todos los campamentos, dos viajes de egresados y otro previo, en cuarto, con el taller de vida a la naturaleza (ése estuvo bien, eh?, incluso a pesar de Mario Caló, me acuerdo de José en el camping de supervivencia cocinando un “bife a la vela”, metiendo los fideos en agua fría porque los preparaba a la portuguesa (¡?) (me parece que José desaprobó el taller), de una carta muy sabia que recibí del profesor de matemáticas Oscar Martínez que no fue profesor mío (¡en matemáticas tuvimos los 5 años al mismo tipo! Yo era de los que lo quería cambiar, pero había un grupo de gente que lo pedía y él volvía y siempre volvió), pero aquél viajó con nosotros a los Alerces y me tocó como mi amigo invisible, y no me había dado nada y el último día me llegó esa carta que aún conservo y si la encuentro y me copo, la tipeo y la mando para el blog, que era medio una “carta abierta”, así aunque un poco tarde se las participo), las fiestas de los viernes, los pedos en los galenos, Grynberg durmiendo en clase, el conejo Néstor cagando en todas partes, Coca, que era la que tenía que limpiar y se lo quería comer literalmente, las melodías del mono Guidotti con cualquier cosa, la lucha por los lugares (en la segunda división, de 1º a 5º, no teníamos asiento fijo, el que llegaba temprano guardaba lugar, si no te sentabas donde quedaba, generaba peleas sobre todo en horas de examen, por ocupar los lugares presumiblemente oscuros u ocultos del aula (?)), salir a fumar a la vuelta en los recreos, el buffet que nos hicieron, la cabeza, el perchero, los grabados, los cestos de mimbre...

Todas esas son cosas comunes y prefiero obviar los detalles, en todo caso no es este el lugar para las anécdotas. Creo, sin embargo, que lo específico y distinto de ese casual encuentro es que no había miedos, que no teníamos miedo y no nos tenían miedo. Crecer sin miedo, es lo que nos quitó el Illia (síntesis del encuentro). Tampoco es que nos haya insuflado coraje y que seamos especialmente valientes, pero para mí en ese despojo se juega lo esencial de una educación básica, de un tipo de educación que sería educar para la democracia (en honor a aquella época en que era concebible juzgar que “en democracia se come, se vive y se educa”. ¿Acaso el proyecto del Illia no consistió en tomarse en serio que “en democracia ... se educa”?). Me parece que esa experiencia que pudimos hacer, y en definitiva no es más que el resultado de un cúmulo de contingencias afortunadas, no es algo de por sí evidente que hubiera estado ocurriendo lo mismo en cualquier parte y en todo momento. De mi escuela primaria, por ejemplo, había patio de varones y mujeres separados, y si te agarraban corriendo te pasabas el recreo abajo de la campana; en primer año no teníamos ni puerta, hacíamos el recreo en una amplia entrada donde andábamos en bicicleta. No nos obligaban a llevar uniforme, ni formábamos; con nosotros hablaban, los consejeros, el director, los profesores, los preceptores (aunque siempre hay excepciones) no se dirigían a nosotros a los gritos, ni amenazaban, ni nos ponían amonestaciones, nos pedían comprensión, nos exigían razones, querían convencernos. Éramos bastante pocos, en seguida todos aprendían nuestro nombre, había muchas ocasiones de socializar, muchas formas de relacionarse, por la cantidad de horas que estábamos, por algunas actividades que hacíamos, los campamentos aportaban un montón para eso de movilizar los valores de la convivencia. No me sale explicarlo, estoy hablando de una sensación, pero también de una disposición, de cómo generar un ámbito de libertad, cuya condición es que no tengan lugar los miedos, y creo que eso es lo valioso del Illia, de ese modelo ideal que habría que construir como una resta, porque lo fundamental, en su aporte, es una sustracción.

Mariano Iriart


[1] Un poco complicado de revelar: estamos hechos de “sumisión” y “elección” (a eso le llamamos “sujeto”, “receptividad” y “espontaneidad” del sujeto, entre eso formamos una “identidad”), a veces la decisión coincide con la sumisión, eso trato de evitar, e intento incluso invertir cuando hace falta o veo la oportunidad solamente.

jueves, 17 de julio de 2008

5to 3ra A LA CABEZA!

HOLA me encanta el blog, los felicito, acá les mando unas fotos para que publiquen
Besos ANA MARIA ROSSI







martes, 15 de julio de 2008

ESPIRITU ROCKERO‏

Hablemos de cosas importantes. Rock ‘n’ roll. En esa edad dorada que va de los 13 a los 18 aparecen –además de los granos- las pasiones musicales. Claro, esto no ocurre en todos los individuos, algunos optan por la literatura, la religión, los deportes o la autoflagelación. En lo que respecta a 5to 4ta los más interesados en la trilogía sexo, drogas y rock and roll (aunque para las dos primeras no había plata) éramos pocos: Rodrigo, Mariano, Guillermo, Nacho y yo me parece que conformábamos el grupo más entusiasta, y que me perdonen el resto de los machos. A las hembras de la especie no les importaba mucho el pentagrama, no se ofendan.

A esa edad uno tiende a conformar grupos, corporaciones, sectas en las que se siente acogido por el resto de los miembros. Es así que empezamos a escuchar las mismas bandas, y –por ende- a portar el mismo look. Allá por el 85 cada uno venía con su bagaje musical y sus raros peinados nuevos. Nacho era el más cool sin dudas con su pelo tipo cepillo adelante y una melena por detrás. Lo mío era onda nueva ola tercermundista gracias al gel de oferta comprado en Toledo. Guillermo -más clásico- en la línea del Pato Fillol o Camilo Sesto. Mariano curtía una onda tipo Aldo Rico por esos días, orejas coloradas bien al descubierto. El gallego, un romántico del fogón, casi salido de un video de Air Supply.

Apariencias aparte, la primera gran batalla se dio entre los que escuchábamos Beatles y los que no. La guerra no podía tener tregua. Así quedó la cosa: Guillermo y yo a favor. Mariano y Nacho en contra. Etchegaray neutral. Creo que esta disputa nunca tuvo un final, y en el fondo me parece que Nacho escondía su emoción cuando escuchaba Let It Be. El tipo venía con la onda dura (dura porque eran de madera…), no, en serio, trajo mucho material desconocido para el resto de los mortales, re-heavy metal, creo que se pasó cinco años tratando de convencerme de que bagartos como Manowar o Venom sonaban distinto a mi licuadora Yelmo. No tuvo éxito, Yo intenté durante la misma cantidad de tiempo de que sucumbiera a las melodías de los sixties. Tampoco tuve éxito. Y así seguimos.

Mariano fue el culpable, sí -repito- c-u-l-p-a-b-l-e (no sin ayuda del gallego) de introducir el metal glamoroso en nuestras vidas. Pronto Colantonio se sumó a la secta. Así dejaron crecer sus melenas que brillaban gracias al Sedal Ceramidas para sacudirlas al compás de Bon Jovi, Poison, Cinderella y otros cientos de gatas peludas en celo. Por mi parte, pronto planté bandera del lado del post punk y debo admitir que quedé un poco en orsai, aislado de la mayoría dominante. Así fue que batallé ciegamente al lado de fantasmones amigos como Talking Heads, Joy Division, Smiths o Cocteau Twins sin ningún éxito entre mis congéneres.

Era un cóctel interesante porque siempre había puntos en común (Purple, Police, Stones, etc) y siempre la charla de bar se ponía candente si la cosa se animaba con unos tragos. Se podía filosofar largo y tendido sobre rocanrol. Cada uno tenía una colección interesante –para la época- de elepés y cassetes. En general los equipos de audio con que contábamos eran deplorables. Creo que Portillo nos aventajaba por lejos, seguido por el gallego con su minicomponente J3 de Hitachi (un verdadero fierrazo) y por Nacho con su “centro musical”. ¡¡¡Qué lejos estaban los cds, los mp3, los emule y los torrents, etc.!!!!... aunque visto en retrospectiva, me parece que disfrutábamos más con los escasos medios a nuestro alcance que los pibes de hoy con toda la parafernalia electrónica.

Otra cosa era conseguir guita para comprar vírgenes (cintas, claro está). Solíamos patear 100 cuadras por día o colarnos en el 593/563 con tal de guardar un par de morlacos para el Grundig o TDK de 90 min. En la disquería “Silencio“ (vaya nombre) grabában casettes por una suma de dinero, aunque claro, había que elegir entre el limitado stock. Luego vendría José “Top” Oddola que era un gran proveedor de los estilos que yo curtía, en Top Records. La compra de un long play ya era cosa grossa, uno o dos por trimestre más o menos, así que pirateábamos bastante. Siempre había ofertas en “Soleado” o la “Broadway”, aunque la verdad que era deprimente entrar a esas tiendas en las que vendían arte como si fuera mortadela.

También se tejían redes musicales con los compañeros de otros cursos. El camaleónico Esaín por esos días me acompañaba a las tierras de la oscuridad (Cure, Mission) y compartíamos acordes juntos. Marengo fue el primer fan beatle (como yo) de mi edad que conocí y un gran músico.

Párrafo aparte para el rey del tecno Willy Ten quien danzaba como un play-mobil enyesado al ritmo de Erasure o Pet Shop Boys… ¡¡¡qué días aquellos!!!

Memo fue un gran fan de Virus y hasta ahí es lo que se conoce sobre sus inclinaciones sonoras (se le han encontrado fotos de Manolo Galván en la billetera).

Roberto era un agua viva en términos musicales. Lo mismo el Mono hasta donde recuerdo. Lo suyo era el deporte. Cristian y Maselli la peleaban con esfuerzo y se defendían en el áspero terreno. Gutiérrez compartió con Willy el podio dance por un tiempo (calculo que ya no frecuentará las pistas).

En realidad no había mucha movida rockera en el Illia, la onda era más bien tipo preparatoria yanqui, un espíritu muy atlético -aunque faltaban las porristas-, pero en nuestro grupo se escuchaba mucha música y creo que eso nos afectó a todos los involucrados para bien. Había libertad para estar in o out y eso era muy piola, no se daba mucho en otros ámbitos que yo sepa.

El tiempo pasó, las melenas abrieron paso al desierto raso, pero aún la música es en mi vida un gran alivio en esos días en que quisiera convertirme en fiambre por propia voluntad.

Larga vida al rock ‘n’ roll y al Illia !!!!!

Como todo cambia y uno crece en lo musical también, quisiera compartir con ustedes mis discos de cabecera (hagan click en las imágenes)

¡¡Alcoyana-Alcoyana!!

Adrián Amerio