ENVIO MAS FOTOS DE MI GRAN FAMILIA!!
MARIA LEONOR LOPEZ 5TO 2DA.
NOS VEMOS EN LA FIESTA BESOS!!





sábado, 20 de septiembre de 2008
miércoles, 17 de septiembre de 2008
CARLOS, EL QUE AMABA DEMASIADO
Carlos fue uno de los grandes pensadores de la barra. 
Lo apodaban “el Poeta”, ya que no aceptaba la existencia de sentimientos frívolos hacia el sexo femenino. Por entonces solía proclamar: “La mujer sólo merece nobleza”, y así, al entreverarse con cualquier dama, aunque se tratara de una corta noche de boliche, realizaba promesas, descolgaba estrellas, dibujaba versos en el firmamento o creaba una nueva especie de flor para regalarle. Acabado el entuerto deshacía juramentos, recuperaba obsequios y se preparaba para la próxima contienda. Pero con lealtad. Su despedida era discreta y no solía causar pena. Enemigo del sentimentalismo barato, prefería un “hasta luego” al llorón “adiós” definitivo. Llegado el caso de romper una relación incipiente, concertaba citas a las que no concurría o daba dudosos números telefónicos. Buscaba así evitar el sufrimiento y el escándalo que arman a menudo las chicas de las confiterías.
Pocas pudieron comprender tanta buena fe. Creían estar ante otro hombre que las dejaba sin advertir que a todo le daba un toque artístico, aun cuando el producto final se asemejase al de cualquier tipo de la calle. Es que Carlos detestaba la eugenesia. Invertía los ahorros en empresas inviables para poder huir de los territorios de la soledad. En síntesis: amaba demasiado. Su quijotesco comportamiento debe ser motivo de admiración. En el fondo, estaba luchando contra la muerte.
El propio Homero hubiese deseado conocer sus epopeyas, signadas tanto por el desencuentro como por las alegrías, los llantos y los adioses nunca dados. Muchas relaciones jamás fueron rotas: se deshicieron “por omisión”. Y como a los fines civiles continúan vigentes, es probable que un día se presente alguna dama del pasado reclamando una fidelidad que no ha sido respetada. Si a lo inestable de la vida estudiantil agregamos su facilidad para enroscarse con jóvenes que no habían nacido para él, comprenderemos esta profusión de historias que intentaremos revivir, transmitidas en forma oral y llegadas por los oscuros pasillos de un recuerdo que todo lo enaltece y desfigura.
La que se entendió con un amigo
Cierta fémina de quien gustaba fue a parar a brazos de uno de los de su grupo. Varios aseguraban que en realidad lo pretendía pero eso no le hacía mella. Es que respetaba leyes divinas que lo obligaban a reprimir sus emociones. Así lo hizo hasta olvidarla por completo. Años más tarde supo que el otro conoció la pasión de su chica y también calló. La relación entre ambos nunca se resintió y dejó una enseñan-za: “Las mujeres pasan pero los amigos se pierden para siempre”.
La que supuestamente lo pretendía
Tiempo más tarde un rumor que a su vez provenía de otro aseguraba que cierta dama simpatizaba con él apasionadamente, aunque con esa extraña discreción con que las jóvenes ocultan sus sentimientos. Entregada la consabida buena nueva, su reacción fue la previsible: indiferencia. Concurrían para ello varios motivos: era menor, integraba un grupito indeseable, no cabía en su target y era desconocida para el alumnado masculino. Digamos que este aspecto resultaba decisivo. La chica pertenecía al oscuro mundo de las intrascendentes.
Es que en materia femenina existen cuatro grupos claramente diferenciados. El primero es el de las mujeres hermosas, integrado por unas pocas ungidas que hagan lo que hagan mantendrán su encanto. Así podremos verlas metiendo los pies en el barro, armando una carpa o al costado del fogón para comprender una realidad: nunca nos pertenecerán. Se trata de féminas deseadas por todos que cuando despiertan nuestro interés nos hacen sentir el número 1238 de la fila. Por alguna razón no se puede charlar demasiado con ellas: todo el tiempo aparecen caballeros que nos interrumpen. La categoría se subdivide en chicas serias y no tanto pero la diferencia no importa: siempre nos harán sufrir. En segundo lugar vienen las mujeres al alcance de uno, chicas que tienen su encanto para quien lo descubra y pueden provocar el enamoramiento, aunque si uno las evita seguirá viviendo tranquilo. Son las ideales para encontrar a solas cuando acaba de comenzar el baile. Terceras ubicamos a las intocables, sector mujeril con el cual no tendríamos nada de nada debido a algún atributo exagerado: la altura, (…), el tono de voz, el aliento, el apellido sospechosamente (…)... Y finalmente el más extenso: el de las intrascendentes. Una dama puede llamar la atención tanto si su belleza es abundante como si es escasa, pero el sector que queda en el medio no existe a los fines masculinos. Lo integra el inmenso gentío que hacia el Norte linda con las al alcance de uno y encuentra su límite meridional donde nace la nación de las intocables (con algunas disputas limítrofes que los hombres no suelen ocuparse en resolver).
La admiradora del Poeta era una de ellas. Jamás le había llamado su atención, y eso la excluía de todo proyecto. Pero el diabólico destino la puso en su ruta cuando vagaba entre los vientos de la soledad, y decidió probar armas con ella. La respuesta fue negativa. Ante su insistencia, y previo a que el gallo cantara, volvió a negarlo dos veces. Para hallar una explicación se internó en el inhóspito laberinto de la lógica femenina, obteniendo la misma respuesta que los anteriores expedicionarios: “Mujeres, ¡bah!”.
La que necesitaba novio
Otra contienda interesante fue con una dama que necesitaba un compañero para atesorar ante su grupo de amigas. (No vamos a detendremos en la trillada polémica sobre si existe la amistad entre las mujeres porque excederíamos largamente el tema que venimos tratando). Carlos no era de los que reservan la noche para sus fechorías. Aunque la presa no fuese favorecida por la naturaleza, tenía derecho al menos a una caminata de la mano. En este caso un par de temas y alguna palabra prometedora sirvieron como excusa para que la chica se acercara a las suyas y le levantara el brazo derecho al grito de “mi novio”, revelación que lo obligó a una retirada discreta y un posterior baile con otra señorita. Dicen que ella aún recorre los rincones del Tavelli reclamando por su amante perdido.
La que decía la palabra fatal
Otra muchacha supo compartir algunas semanas con él. No eran la felicidad caminando pero sumaban días sin demasiado esfuerzo. Hasta que hubo una terrible revela-ción: utilizaba la palabra “barriga”. Aunque el diccionario traía mejores opciones, ella prefería esa expresión propia de personajes de Gómez Bolaños. Entonces Carlos deshizo promesas y buscó la forma de romper el hechizo. Se mostró tosco y achanchado, contó varias veces los mismos chistes y fingió olvidos de su nombre y su teléfono. Convocó a los dioses de la desazón, descuidó su peinado y su vestimenta. Pero tales catástrofes no hacían sino aumentar el amor de la joven. Ante la falta de alternativas, cambió el tono de voz, y apelando a una expresión de uso para esas coyunturas se despachó con un infundado y arbitrario: “No quiero salir más”.
La inevitable primera novia
Sus pretensiones femeninas eran modestas. No quería a la primera ni a la última; se acomodaba por el medio sin molestar. Conocía la leyenda de las rubias de ojos claros, que son malvadas y causan dolor eterno, y sabía de las gorditas querendonas, cariñosas pero de lágrima fácil. Víctima de los designios de la soledad, debió soportar rechazos de mujeres que no hubiesen merecido su atención pero estaban agrandadas por otros que estaban más solos, o que quizás sufrían de la vista sin saberlo.
Luego de varios fracasos llegó la primera novia. La matemática indica que siempre una comenzará la lista, aunque es difícil escoger cuál. Podrá ser la que en el jardín nos escribía cartas o la compañera de baile en el acto de tercer grado, aunque a los efectos legales primera es la que se tiene sobre el final del secundario, justo antes de ingresar al grupo de los nabos que no van más a bailar. En este caso la verdadera primera terminó siendo segunda, y fue por culpa de inexplicables actitudes femeninas que siempre arruinan las ocasiones mejor preparadas. Por eso algunos hablaban de una primera novia “impropia” y otra “propiamente dicha”, y hasta se propuso igualarlas en un cincuenta por ciento. Dejaremos a un lado esta polémica para otorgar-le el título a quien realmente lo fue. Carlos había destinado la noche a otra persona (quien luego sería la segunda), pero un desencuentro al final del baile lo devolvió a la soledad. Desechado el proyecto original, debió descender al territorio de las patinadoras, chicas que suelen adornar las pistas provocando en los muchachos un temprano romance con el alcohol. Usando toscos argumentos se acercó a una que conocía mejor el juego y se dejó llevar. Nunca se vio más solo, y ante la eventualidad debió apelar a lo aprendido en novelas y charlas con los compañeros más avezados; ella se ocupó del resto. La recompensa para tan breve romance fue ingrata. Supo al tiempo que la chica se había mofado ante las amigas de su poca perspicacia para el amor. Creyó que había pasado desapercibida su inexperiencia, pero también en eso las mujeres suelen ser despiadadas.
La que cerró la fila
Recuentos como éste suelen concluir abruptamente cuando aparece la destinada a completar la lista. Carlos pregonaba que “amor con amor se olvida”, y tras enjuagarse las lágrimas salía a cazar a la que reemplazaría a las anteriores. Un razonamiento lógico se imponía: jamás podría despojarse de la última, pues necesitaría a otra que generaría un círculo vicioso. Para solucionarlo proclamó que si había una postrera, debía ser la más importante. La que no tolerara motes ni recuerdos carcajientos. Y así sucedió. Cuando llegó la indicada, el anecdotario halló su fin y pudo dedicar tiempo a tareas menos esclavizantes para el hombre que la de hallar compañera.
Los vientos han calmado. La época de oro se transformó en una historia que cada uno podrá contar según haya vivido. Después de navegar en lo profundo, era lógico que los barcos llegaran a destino. Hoy Carlos y sus amigos no reviven proezas ni discuten el orden de importancia de los defectos de una mujer. No cuestionan las cosas, no vociferan verdades absolutas ni se juran una fraternidad que desafíe los tiempos. Pero aunque los actuales diálogos se reduzcan a breves referencias sobre el trabajo y la familia, puede decirse que han logrado resolver y decirse todo. No necesitan ahondar en discursos dramáticos ni gesticular para expresarse los sentimientos. Para eso les alcanza con una charla circunstancial. El resto está sobreentendido.
lunes, 15 de septiembre de 2008
HOLA ALUMNOS !!!
Hola Alumnos!
Soy KAY FRAIESE, docente y coordinador de informática del Querido Illia!
Estoy aquí, inventariado, ya q empecé como ayudante en el año 1987, junto
a Ricardo Rodríguez, Susana Vecino, Graciela Marangoni, Ricardo Barbano,
Eugenia Pedroza y Viviana Amondarain, con las Commodore q seguramente
muchos recordarán (y que luego nos robaron y dejaron sin nada)...
Luego de un paréntesis (de marzo 88 a agosto del 90) sigo firme acá: pasé
de ayudante a ayudante/profe, sumando y sumando horas, hasta llegar a la
dedicación que tengo hoy , 100% Illia!
Me pareció genial la idea del Blog y desde ya me ofrezco para colaborar en
lo que pueda serles útil.
Es muy fuerte realmente leer sobre las experiencias de cada uno de ustedes
y lo que el Illia les dejó marcado a fuego en la piel y sobre todo en el
alma!
Espero verlos por el cole, les mando un abrazo bien grande!!!
